Q (Larry Cohen, 1982)

Uno se acerca a Q (Larry Cohen, 1982) esperando encontrar una deslucida serie B de explotación y se encuentra con una casi trascendental reflexión sobre la culpa y otros oscuros mecanismos de la sociología de masas inoculados por la incipiente cultura de consumo de finales de los años 70 principios de los 80 .

Michael Moriarty se especializó en la interpretación de personajes con cierta vulnerabilidad, que deriva aquí hacia el resentimiento en la encarnación del protagonista, un acomplejado y suplicante miserable enloquecido por la culpa. Jimmy está resentido, adivinamos que por una existencia errante entre cárceles, reformatorios y círculos de amistades y trabajos de los que le resulta imposible salir. Todo eso está en el subtexto de la historia que se mantiene magistralmente oculto pero que se vislumbra en cada uno de sus gestos o en las discusiones con su novia, una  maravillosa Candy Clark que sabe que existe un área de bondad en Jimmy e intenta encontrarlo. Una vez terminada la pesadilla, justo antes de los créditos finales, el policía, que simpatiza a su pesar con Jimmy, le aconseja volver con ella.

Es una interpretación absolutamente magistral, una inmersión peligrosa y valiente en un personaje, a la altura de las grandes actuaciones del Método, que me recuerda en ocasiones a Christopher Walken o a otras actuaciones desquiciadas de la época. El desaliño de su indumentaria refleja su descontrol físico y mental. El trabajo en la gestualidad es absolutamente soberbio, sus manos suplicantes, desvalidas, no encuentran acomodo, al igual que sus movimientos desgarbados, como un alma que quisiera escapar de su cuerpo. En cierto momento le escuchamos en una improvisación musical con aires de plegaria penitencial.

Ya desde la primera aparición de Jimmy, en la secuencia del restaurante, la cámara nos anticipa la asociación de este personaje con la serpiente voladora.

Son la misma cosa: el monstruo es el reverso oscuro de Jimmy, el ejecutor de las acciones que este cobarde no se atreve a hacer. Personaje acomplejado, apocado que no puede soportar la idea del enfrentamiento y que necesita al monstruo para que le libere. Cuando los lleva ante él se justifica porque necesita aplacar la culpa que le embiste. Luego lucha denodadamente por redimirse de la culpa de la única manera que sabe, y ese reverso del que no sabe escapar se sublima en una egocéntrica actuación frente a la ciudad entera. Una paranoia magnicida en los vestíbulos de Nueva York que en momentos nos recuerda al Jocker de The Dark Night (Christopher Nolan, 2008).

El reverso de este personaje miserable está en las víctimas del sacrificio, que aceptan voluntariamente. Cada secuencia de sacrifico es más larga y detallada que la anterior. Asistimos a la preparación de la última ofrenda, que hemos conocido en una entrevista previa con el policía, para entregar su vida al monstruo. Es un acto a todas luces incomprensible para Jimmy, de una aceptada serenidad, y que contrasta con su reacción cuando es atacado por el sacerdote, cuando vuelve a rezar, esta vez convencidamente. Quizá haya reencontrado su fe, quizá ese choque le haya sacudido lo suficiente para enderezar su vida. Dice que ha perdido el miedo justo antes de los títulos de crédito finales.

La culpa atenaza a Jimmy desde que lo vemos por primera vez, rechazando responsabilidades, huyendo del peligro, suplicando. La culpa lo atenaza después de utilizar a la serpiente en su propio beneficio a costa de la vida de la ciudadanía. Pero la culpa está presente también en muchos otros personajes, que justifican sus actos, sus errores. Un miembro del equipo especial que asalta la torre grita su inocencia tras el error que costó la vida a su compañero. La gente eleva sus mirada, cegada por el sol. Del cielo llueve sangre sobre el pueblo

Esta exploración de la decadencia de la urbe, con sus edificios a medio construir, sus calles abarrotadas de lumpen, sus delincuentes planificando un atraco a viva voz en medio de un restaurante, una ciudad en la que cualquiera podía subir a lo alto de un edificio armado, nos remite a otras exploraciones de la geografía urbana de la década anterior como Dirty Harry (Don Siegel, 1971) o Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) en las que también transita la culpa, una culpa generacional que parece ir de la mano al progreso económico, al conflicto bélico y a las diferencias sociales y de género. En la figura de Jimmy, o de Travis, o de Scorpio, se intersectan las contradicciones de aquella década convulsa para el arte, la sociedad y la política, cuyas agitaciones aún nos reverberan en la segunda década del siglo XXI.

Como Dirty Harry (Don Siegel, 1971) la arquitectura es un personaje más: tenemos acceso a la vida en las azoteas y contemplamos la ciudad como una jungla de asfalto y cemento y edificaciones amalgamadas, una locura arquitectónica, una exuberancia laberíntica propia de Escher, también un territorio lleno de lugares ocultos por descubrir. Es un cine el de aquella época fascinado por la arquitectura de la gran urbe a la que presta su mirada, magnificada en formato panorámico, todavía inocente.

Las 4 líneas argumentales confluyen en Jimmy, como si realmente fuera el centro de la ciudad que creyó sentirse ante la policía: la historia del atraco, los asesinatos rituales, la guarida del monstruo, o la historia de amor con su novia; thriller, horror, amor, drama todo alrededor de este personaje desquiciado.

El subtexto no sólo concierne al protagonista, sino que subyace en el resto de argumentos: intuimos de dónde viene esta pareja disfuncional a partir de sus discusiones o sus actitudes, al igual que intuimos también qué es lo que les mantiene unidos. Apenas se sugiere el origen de la serpiente; ¿ha sido realmente invocado por un sacerdote o es un superviviente prehistórico atraído por la gran ciudad? ¿de dónde ha salido y cómo ha llegado hasta allÍ? La referencia a Hitchcock aquí es evidente. Tampoco se nos muestra la seducción del sacerdote a cada una de sus víctimas. Pensamos que debía de ser realmente convincente y podríamos enlazarlo de nuevo con la culpa, pero esa lectura no está en el filme.

El tema principal de la banda sonora se compone de la línea de bajo que sube y la de la melodía principal que baja al mismo tiempo, ambas sinuosas, representando el vuelo curvo de la serpiente pero también el comportamiento errático de Jimmy, un personaje que se hunde en su culpa a la vez que cree elevarse sobre el resto de la ciudad.

La realización desaliñada puede amedrentar al espectador, pero forma parte irrenunciable de esta reflexión enloquecida sobre los grandes temas de la cultura de masas de dicha época. Un oculto diamante en bruto regurgitado de las entrañas de la bestia, una joya que renuncia a ser pulida, un heterodoxo menú callejero, no apto para estómagos delicados.

Para saber más:

http://elcinefagodelalagunanegra.blogspot.com.es/2011/11/la-serpiente-voladora-q-aka-q-winged.html

https://misantropey.com/2015/05/01/larry-cohen-collection-q-the-winged-serpent/

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